
El punto de cruz es un tipo de bordado a hilos contados que consiste en ir contando los hilos del tejido sobre el que se está trabajando y realizar un dibujo o diseño concreto mediante puntadas diagonales, una encima de otra que forman una cruz. Se recomiendan tejidos de trama uniforme, que tengan el mismo número de hilos por centímetro de tela, formando cuadrículas fáciles de distinguir. La elección de la tela para nuestro bordado es muy importante y de ella depende el tamaño y el efecto de la labor resultante.
En el siglo XVI, a mediados del año 1.500 comienzan a circular los primeros esquemas impresos, provenientes de Europa, específicamente de Alemania e Italia; verdaderos modelos de temas típicos: decoraciones florales, heráldicas y religiosas, llenas de símbolos como cruces, cálices y palomas. Dibujar las propias iniciales con aguja e hilo fue seguramente para muchas mujeres la primera forma de escritura, y los famosos "trabajos de prueba" (samplers, marquoirs o ensayos), sobre los cuales se bordaban diversas variantes de letras y números, se convirtieron en instrumentos de alfabetización, esto es, en verdaderos ejercicios de lectura y escritura.Así fue que nació el famoso muestrario de forma cuadriculada.
En el siglo XIX nace la edad de oro del bordado en punto de cruz. En este siglo seguramente el de mayor éxito para el punto de cruz. Los grandes progresos de la imprenta permitieron satisfacer la demanda creciente de esquemas y modelos: parece ser que en 1.840 se publicaron más de catorce mil. También los avances de la química y de la industria textil hicieron cada vez más agradable el trabajo de las bordadoras: se disponía de hilos de muchos colores y a los tejidos tradicionales se añadieron el algodón y el organdí.
No sólo se bordaba en los conventos, sino que también se hacía en los salones; el punto de cruz pasó de ser una asignatura obligatoria en las escuelas a un pasatiempo de moda e incluso fue un signo de distinción típicamente femenino. La mujer afirmaba su papel de "ángel del hogar" decorando cada ángulo de su casa: toallas, centros, cojines, reposapiés, fundas para sillas, tapetes, cortinas, barandillas, paneles contra el fuego, etc.
En los primeros decenios de nuestro siglo llegó el declive del punto de cruz. Sólo se aprendía y se practicaba en las escuelas y los escolares lo olvidaban pronto. En los años ochenta y de forma inesperada recobró vida. El gusto y la pasión por la técnica del punto de cruz volvieron a la vieja Europa desde Estados Unidos.
Quizás empujadas por la nostalgia de épocas menos frenéticas que la nuestra e ignorando el prejuicio que suponían los "trabajos femeninos" como actividades repetitivas que precisan tiempo robado a la inteligencia, también las mujeres de nuestro tiempo han descubierto el placer de la creatividad, el deseo de dejar una señal única y personal a través de la aguja y el hilo. El punto de cruz ha pasado a ser un distractor energético de nuestros días, el cual nos brinda una inmensa tranquilidad, llenándonos de paz y armonía esos días difíciles de nuestras vidas.
